Mirando con nuevos lentes

Por Sanry Marrufo Corrales

Lic. en Psicología y Maestra en Hipnosis

http://www.psicologasanrymarrufo.com

 mirando con nuevos lentes

Desde pequeña aprendí a caminar, a hablar, a enfrentar el temor a la oscuridad y a que mamá y papá me dejaran en la escuela, desprenderme del temor que genera la soledad. Más adelante descubrí que si me portaba bien, tenía beneficios, y si me portaba mal, problemas. Mi bienestar se basaba en no defraudar a los otros para mantener los abrazos y los besos cuando sentía que necesitaba afecto. En la adolescencia descubrí que mis frustraciones no cabían en mi casa y mis expresiones no eran bien recibidas, entonces descubrí que mi hermana menor no era un buen blanco, ni mi cuarto era un buen refugio, ni mis berrinches lo podían solucionar todo. En la Universidad descubrí que no existen los catedráticos sabios y que mi aprendizaje lo tenía que construir a pesar de mis tropiezos, aprendí a mirar las cosas de una manera diferente. Durante mi adultez temprana descubrí que aunque me quisiera comer al mundo nunca tendría tanta hambre para devorarlo todo, aprendí que se necesita mucho amor y respeto para vivir con alguien, aprendí a ser madre y a valorar el ser hija. Luego descubrí que el tiempo me venía encima y no había logrado casi nada de todo lo que quería, y entonces comprendí lo lejos que estaba de ser independiente; nuevamente descubrí, como al principio, que sentía temor a la soledad. Aprendí que los demás no van a cambiar su estilo de pensar para ajustarse a mis necesidades, que las personas seguimos haciendo cosas para recibir la aprobación de quienes nos importan y descubrí que deprimirse es una manera de controlar. A los 40 nuevamente aprendí a valorar la amistad, a dar y a recibir afecto, pero también descubrí que no se fracasa si no se corren riesgos, que la soledad no es sinónimo de falta de gente junto a mi, sino la necesidad de gente a mi alrededor que llene el vacío de mi propia compañía. Descubrí que no necesito cambiar lo que pasó para perdonar, que puedo construir mi futuro, que la vida nos enseña si queremos aprender de ella y que si las cosas van mal yo no tengo que ir con ellas. A los 50 descubrí que siempre estamos a tiempo de cambiar aquello que no nos gusta y, por consiguiente, re aprendí a caminar, a decir lo que pienso y a ver de una manera diferente, a enfrentar el temor a la oscuridad, a permitir que las personas se alejen y a desprenderme del miedo que genera la soledad. Descubrí que portarme bien o mal, lleva un valor interno y que nunca es tarde para amar y dejarme amar. Sigo descubriendo nuevas formas de mirar más allá de mis ojos, aprendiendo a mirar con nuevos lentes, con nuevas graduaciones, con nuevos enfoques.

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