GAIA EN EL FADO.

 

Luz María Cortez Moguel.

gaia en el fado

 

El camino había sido largo, hasta encontrar el nombre oculto en el misterioso pálpito de un corazón anhelante, tirando de la vida sin percatarse de que era ella; el infinito, deslizándose en él… Pensamiento que intenta el vuelo en la conciencia, cuando transformarse en pájaro es tan simple, como permitirlo; otorgar ese consentimiento nacido del perdón que indulta el Ser. Gaia estaba en mí, me habitaba y con inefable amor esperaba ser recordada… En diversidad de preludios, me asomé a un umbral jamás atravesado, hasta hallar el fado. Fue entonces que me vi inmersa en un indescriptible universo de campos, de montañas; el clamor del mar; porque el fado era eso, el mar hecho sudor de pescadores, gota de sal, poema eterno en el vaivén de las olas que mecían, apacibles los navíos anclados en la tarde; manos encallecidas; era faena diurna, admiración vespertina y nostalgia estrellada; luna contemplada; lamento de un pueblo que mira sus cicatrices y continúa el camino; estaba, era en todo; en el cielo, en los caballos fuertes, nobles, libres; seres capaces de conservar su majestuosa dignidad aún en el fragor del arado, porque la Naturaleza los hizo así… Madre Gaia, naciste en un despertar con imágenes de Portugal y un sendero de hojas alfombrando el camino; navegas en el rumor de la sangre, ese océano; eres fuego en el relámpago y en el Sol; espiral de viento en que la música se funde. Adueñarnos del espacio; ser rincón sin tiempo, transformándolo en ahora eterno; ser música, sol, viento, agua; ser uno y todo, es respirarte conociendo la profundidad del corazón humano, sin dar marcha atrás; honda herida estética, invasión de la vida que se cuela en cada célula, en toda visión, desembocando en una ética impregnada de religiosidad que es contrición; humilde mirada de siervo que observa la grandeza del Universo en la hormiga.

La esclavitud fue conjurada en el eco de la palabra convertida en aire y su vibración, canto del oprimido. La pena deja de serlo cuando es pronunciada; el espíritu se libera y es capaz de fragmentarse conservando su unicidad; llevar la luna entre las manos; ser estrella, fundirse en el fado, testigo de la vida; nota misma, elevada al cielo.

El camino es largo y yo, incansable; la renuncia, inexistente… No tengo ganas de volver atrás; el paisaje me inunda y ofrece el canto de las sirenas, el vuelo del grifo; galopar de caballos salvajes en una pradera; barcos atados al poema que es Portugal y soy parte de ellos en el mirar, tocar, sentir lo intangible; la esencia misma del anhelo y el insondable misterio de la vida.

Mis pies continuarán hasta conocer el nombre oculto en la vibración del fado, mientras el mar susurra tu nombre, Gaia, oculto en las letras de Portugal… Amanha.

 

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