UNA MIRADA A LAS CARTAS MAHÂTMA

Por Estudiante de Teosofía

925-68-68

UNA MIRADA TEOSOFICA A LAS CARTAS MAHÂTMA

A fines del siglo XIX, cuando H.P.Blavatsky fundó la Sociedad Teosófica moderna (Nueva York, 1875), estaba cumpliendo órdenes de quienes llamó “Maestros” o “Mahatmas”: los príncipes tibetanos K.H. y M., cuyos bellos rostros y ojos llenos de amor conocemos gracias a los retratos de un pintor alemán, elaborados a partir de los dictados telepáticos de la misma Blavastky. Fue entre 1870-1890 cuando esos hombres perfeccionados, de carne y hueso (no confundir con espíritus, mediums o canales), se hicieron públicos a través de sus Cartas conocidas como “Cartas Mahâtma”.

Conocemos unas 150 Cartas gracias a varias transcripciones y ediciones en inglés, así como de tres traducciones al castellano. La mayoría fue dirigida a un discípulo laico de aquellos hombres magníficos, el periodista inglés radicado en Allahabad, India, Alfred P. Sinnett, mismas que hoy se pueden consultar en la Biblioteca del Museo Británico, donde el albacea de Sinnett las depositó tras el fallecimiento de éste. También pueden consultarse en línea <blavatskyarchivesonline.com>.

Las Cartas, escritas en varios idiomas pero esencialmente en inglés, tenían el objetivo de instruir y aconsejar a los discípulos de los Maestros (“chelas”), incluyendo por supuesto a Blavatsky, quien era su agente y mensajera, y ya había recibido instrucciones directas en Tibet. Pero en muchas Cartas encontramos deslumbrantes tratados de filosofía esotérica argumentados a partir del estado de la cuestión de todas las ramas del saber, ciencia, filosofía, literatura, historia, geografía, etc., lo que las condiciones tecnológicas del siglo XIX no pueden explicar. Sólo Blavatsky compartía tan vasta erudición, aunque ella modestamente decía que sólo escribía lo que el Maestro M. le dictaba.

En días pasados un grupo de estudiantes de Teosofía de los Centros de Mérida y Buenos Aires viajaron a Londres con el propósito de ver y tocar (incluso oler las Cartas, que despiden perfume de sándalo) en la Biblioteca del Museo Británico. ¡Qué privilegio!

 

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