Alice Munro. Demasiada felicidad.

Por Ceci Fonseca

Twitter: @cecifonsecam

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El premio Nobel de Literatura 2013 será entregado a Alice, maestra del cuento contemporáneo. Su obra, dice la prensa europea, es de “una escritura engañosa en su sencillez, bella y extraña, que exige una entrega en la lectura y, a menudo, una relectura, para entender más hondamente lo leído…” La escritora de 82 años, quien figuraba en la lista de favoritos para recibir el galardón, es la primera persona canadiense y la 13a. mujer en ser distinguida con el premio.

¡Qué grande puede ser una persona cuando se alimenta de libros, de historias, de sucesos que trascienden en el tiempo y el espacio a través de las letras, o de las artes! Nadie muere cuando su obra cobra relevancia, y ella al escribir, quizá sin proponérselo, va dejando “algo” a sus lectores.

Confesó a la prensa americana que la educaron “para creer que lo peor que ella podía hacer era llamar la atención sobre sí misma”, o “pensar que era inteligente o brillante”, y yo me pregunto, ¿cuántas Alice viven así?… pienso que en nuestro continente prevalece el no reconocer todo el talento que hay en su gente, y no se alienta a nadie para volar con sus propias alas; casi no se confía en todo lo que se puede lograr cultivando el espíritu y desarrollando el talento, por el contrario, ¿cuántas veces se minimiza al otro?, ¿cuántas Alice, mujeres u hombres ahogan sus esfuerzos, y sus afanes se quedan en algún rincón sin haber sido compartidos?…

Me causa gran admiración Alice Munro. Por ella, por su premio, porque representa a la mujer entregada a su hogar y su familia, como tantísimas mujeres que eligen atender su misión de madres y esposas antes de explotar sus dotes en las artes u oficios. Tengo deseos de leer “Demasiada felicidad”, esos diez relatos que reflejan su universo: el de “una mujer que visita en la cárcel a un marido que le mató a sus hijos; o una viuda que abre la puerta a un asesino; el de una madre que reencuentra a un hijo tras años sin noticias de él; o el de dos mujeres que comparten un recuerdo inconfesable de cuando eran niñas…” Suenan crudos y reales, como la vida misma, tan vigente y estridente; tan europeo o latino; tan mundano. La Academia de los Premios Nobel enfatizó que las historias de la canadiense “se desarrollan en ciudades pequeñas, donde la lucha por una existencia decente genera a menudo relaciones tensas y conflictos morales, anclados en las diferencias generacionales o de proyectos de vida contradictorios”… ¡como en la vida misma!. Por eso me fascina que “una ama de casa que encontraba tiempo para escribir relatos, una madre presbiteriana que dedicaba su espacio libre a cuentos extraídos de su propia existencia, de sus recuerdos de un ambiente rural, de sus historias de aparente sencillez, pero que lograban ahondar en el alma humana”, sea reconocida por su obra literaria. ¡Es admirable!

Muero por leer sus obras traducidas al español: “Demasiada Felicidad”, “Odio, Amistad, Noviazgo, Amor, Matrimonio”, “Escapada”, “Secreto a Voces”, “El Amor de una Mujer Generosa”, “La Vida de las Mujeres”, “Amistad de Juventud” y “Las Lunas de Júpiter”.

No la conocía. Ahora la admiro, la felicito, la tendré presente como gran ejemplo a seguir. ¡Demasiada felicidad aspirar a ser un poquito como ella! ¡Me doy cuenta de que tengo tanto por aprender, tanto por leer, tanto por vivir!…

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